Capítulo I. La pregunta que llevamos más de un siglo intentando responder
Existe una pregunta que ha acompañado a la psicología prácticamente desde su nacimiento como disciplina científica: ¿Qué es la inteligencia?
A primera vista parece una cuestión sencilla. Todos tenemos una idea intuitiva de lo que significa que alguien sea inteligente. Pensamos en personas que aprenden con rapidez, que resuelven problemas complejos con facilidad o que son capaces de comprender conceptos abstractos que a otros les resultan especialmente difíciles. Sin embargo, cuando intentamos definir esa capacidad con precisión, las certezas empiezan a desaparecer.
¿Es la inteligencia una única habilidad?
¿Está formada por capacidades diferentes?
¿Puede medirse con exactitud?
¿Depende únicamente de la biología o también del entorno en el que una persona crece y aprende?
Durante más de un siglo, investigadores de distintas disciplinas han intentado responder a estas preguntas. Y aunque hoy conocemos mucho más sobre el funcionamiento del cerebro y sobre el desarrollo humano que hace cien años, existe una conclusión que puede resultar sorprendente: todavía no disponemos de una definición universalmente aceptada de qué son exactamente las altas capacidades. La revisión científica que sirve de base para este artículo parte precisamente de esta constatación. A pesar del enorme volumen de investigaciones acumuladas, continúan coexistiendo diferentes modelos teóricos que entienden las altas capacidades desde perspectivas parcialmente distintas.
Lejos de representar un fracaso de la ciencia, esta falta de consenso refleja algo mucho más interesante. Nos recuerda que algunos fenómenos son demasiado complejos para quedar encerrados en una única definición. Y probablemente las altas capacidades sean uno de ellos.
Cuando medir parecía suficiente
Durante buena parte del siglo XX, la investigación sobre la inteligencia estuvo dominada por una idea muy concreta: Si la inteligencia existe, entonces debería ser posible medirla.
Aquella hipótesis impulsó el desarrollo de algunas de las herramientas más importantes de la psicología moderna. Investigadores como Alfred Binet, Charles Spearman o Lewis Terman sentaron las bases de la evaluación psicométrica y contribuyeron a construir instrumentos que, con el paso del tiempo, se volverían extraordinariamente precisos para valorar determinadas capacidades cognitivas. Aquellos avances supusieron un auténtico cambio de paradigma. Por primera vez parecía posible comparar el rendimiento intelectual entre personas mediante procedimientos estandarizados.
Nació así el concepto de cociente intelectual, más conocido como CI, que terminaría convirtiéndose en el principal referente para identificar las altas capacidades durante gran parte del siglo pasado. No es difícil comprender por qué. Los test de inteligencia ofrecían algo que cualquier disciplina científica valora enormemente: una medida objetiva, reproducible y respaldada por décadas de investigación. Gracias a ellos fue posible identificar a muchas personas que, de otro modo, probablemente habrían pasado desapercibidas.
Sería injusto minusvalorar su importancia. De hecho, la revisión científica insiste en que estas herramientas continúan teniendo un enorme valor y siguen formando parte esencial de la evaluación psicológica. Sin embargo, con el paso de los años empezó a surgir una duda cada vez más difícil de ignorar.
La realidad era más compleja que las teorías.
La investigación avanzaba. Los test mejoraban. Pero las personas seguían sorprendiendo a los investigadores. Algunas obtenían puntuaciones extraordinarias y, sin embargo, no destacaban especialmente en otros ámbitos de su vida. Otras desarrollaban carreras científicas, artísticas o profesionales excepcionales sin haber alcanzado resultados especialmente llamativos en las pruebas tradicionales.
También comenzaron a aparecer perfiles difíciles de encajar dentro de los modelos clásicos. Niños que aprendían a una velocidad extraordinaria en determinadas áreas mientras encontraban enormes dificultades en otras. Personas con un razonamiento brillante cuya trayectoria académica estaba marcada por el fracaso escolar. Adultos que recibían un diagnóstico de altas capacidades después de toda una vida sintiéndose diferentes sin comprender por qué.
Cada uno de estos casos planteaba la misma pregunta. ¿Estábamos midiendo realmente todo aquello que pretendíamos comprender? La respuesta no llegó de un único descubrimiento, sino de una acumulación progresiva de evidencias.
Poco a poco comenzó a hacerse evidente que la inteligencia no podía reducirse únicamente a una puntuación obtenida en una prueba psicométrica. No porque esa puntuación careciera de valor. Sino porque representaba únicamente una parte de un fenómeno mucho más amplio.
Y fue precisamente entonces cuando el concepto de altas capacidades empezó a transformarse.
De la inteligencia al potencial
Uno de los aspectos más interesantes de la revisión científica es que no presenta esta evolución como una ruptura entre modelos antiguos y modernos, no plantea que los investigadores del pasado estuvieran equivocados y que la neurociencia haya venido a corregirlos. La historia resulta bastante más matizada. Cada generación de investigadores ha ido ampliando la mirada.
Los primeros modelos permitieron comprender que las diferencias individuales en inteligencia podían estudiarse científicamente. Más adelante aparecieron teorías que incorporaban dimensiones como la creatividad, la motivación o la capacidad para resolver problemas de formas novedosas. Posteriormente, otros autores comenzaron a prestar mayor atención al contexto educativo, al desarrollo evolutivo y a la influencia del entorno sobre la expresión del talento.
Como consecuencia de esta evolución, hoy conviven numerosos términos que con frecuencia utilizamos como si fueran equivalentes, aunque no siempre describen exactamente la misma realidad. Hablamos de altas capacidades, superdotación, giftedness, talento, alto potencial intelectual o alta inteligencia. A veces los empleamos como sinónimos. Otras veces responden a modelos teóricos diferentes.
Esta diversidad terminológica no es un simple problema de vocabulario, sino que refleja algo mucho más profundo.
Cada una de esas expresiones pone el foco sobre un aspecto distinto del desarrollo humano. Algunas priorizan la capacidad intelectual, otras destacan la creatividad. Algunas se centran en el rendimiento observable, otras en el potencial que todavía puede desarrollarse. Y todas aportan una parte de la respuesta.
La revisión científica considera precisamente esta diversidad una de las razones por las que resulta tan difícil alcanzar una definición universal de las altas capacidades.
Cambiar la pregunta
Mientras preparaba este ensayo hubo una idea que volvió una y otra vez a mi cabeza: quizá durante mucho tiempo hemos formulado la pregunta de una manera demasiado estrecha.
Nos hemos preguntado:
¿Cómo podemos medir la inteligencia?
Y esa pregunta ha impulsado algunos de los avances más importantes de la psicología, pero la investigación actual parece sugerir que existe otra cuestión, menos evidente y probablemente más útil.
¿Cómo se desarrolla el potencial intelectual de una persona?
La diferencia parece sutil, no lo es. La primera pregunta busca una medida, la segunda intenta comprender un proceso. Y ese cambio de perspectiva modifica profundamente nuestra forma de entender las altas capacidades. Ya no hablamos únicamente de cuánto puntúa alguien en una prueba. Empezamos a preguntarnos cómo aprende, cómo resuelve problemas, cómo interactúan sus capacidades con el entorno, cómo evoluciona a lo largo del tiempo y qué factores favorecen o dificultan que ese potencial llegue a desarrollarse.
Es aquí donde comienza realmente el cambio de paradigma que propone la revisión científica, porque si aceptamos que las altas capacidades son un fenómeno mucho más amplio que una cifra...
Entonces también debemos aceptar que ningún test, por excelente que sea, puede capturar por sí solo toda esa complejidad.
Y esa idea nos conduce al siguiente capítulo. No para cuestionar el valor del cociente intelectual. Sino para comprender por qué la ciencia ha empezado a mirar mucho más allá de él.
Capítulo II. Cuando un número deja de ser suficiente
En 1905, cuando Alfred Binet desarrolló junto a Théodore Simon la primera escala moderna para evaluar la inteligencia infantil, difícilmente podía imaginar la enorme influencia que aquella herramienta tendría durante el siglo siguiente. Su objetivo, sin embargo, era mucho más modesto de lo que a veces se cree.
No pretendía clasificar a las personas entre inteligentes y no inteligentes. Tampoco establecer una medida definitiva de la capacidad intelectual. Lo que buscaba era identificar a aquellos niños que necesitaban apoyos educativos específicos para poder beneficiarse de la escolarización.
Con el tiempo, aquellas primeras pruebas evolucionaron enormemente. Se perfeccionaron los métodos estadísticos, aparecieron nuevos instrumentos de evaluación y el cociente intelectual terminó convirtiéndose en una de las medidas psicológicas más estudiadas y validadas de toda la psicología.
No es exagerado decir que pocas herramientas científicas han tenido un recorrido semejante. Sin embargo, cuanto más precisas se volvían las pruebas, más evidente resultaba una paradoja. La inteligencia parecía mucho más difícil de encerrar en un número de lo que inicialmente se había pensado.
La revisión científica que inspira este ensayo no cuestiona la utilidad de los test de inteligencia. Al contrario. Reconoce su enorme valor y el papel esencial que continúan desempeñando en la identificación de las altas capacidades. Pero también plantea una idea que hoy cuenta con un respaldo cada vez mayor: una puntuación elevada no puede explicar por sí sola toda la complejidad del potencial intelectual.
Esa diferencia puede parecer pequeña. En realidad, cambia por completo la forma de entender las altas capacidades.
Lo que un test sí puede decirnos
A veces, cuando una herramienta recibe críticas, tendemos a pensar que ha dejado de ser útil, pero con los test de inteligencia ocurre justamente lo contrario. Siguen siendo una de las mejores maneras de evaluar determinadas capacidades cognitivas. Permiten estudiar el razonamiento abstracto, la comprensión verbal, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y otras habilidades relacionadas con el funcionamiento intelectual. Además, cuentan con décadas de investigación que respaldan su fiabilidad y permiten comparar los resultados con los de amplias muestras de población.
Todo esto sigue siendo cierto, y es importante decirlo desde el principio. Porque la conclusión de la revisión no es que debamos abandonar la psicometría. Es que no deberíamos pedirle que responda preguntas para las que nunca fue diseñada.
Un mapa puede indicarnos con precisión el camino entre dos ciudades. Pero nadie esperaría que ese mismo mapa describiera el clima, la historia o la vida cotidiana de quienes viven allí. No porque el mapa sea incorrecto, sino porque responde a una pregunta distinta.
Con el cociente intelectual sucede algo parecido: mide con notable precisión determinados aspectos del funcionamiento cognitivo, pero las personas no somos únicamente aquello que una prueba puede cuantificar. El potencial no siempre se manifiesta de la misma manera
Imaginemos por un momento a dos estudiantes. Ambos obtienen una puntuación prácticamente idéntica en un test de inteligencia. Sobre el papel parecen muy parecidos, sin embargo, al observarlos durante varios meses empiezan a aparecer diferencias llamativas.
Uno necesita comprender el porqué de todo. Hace preguntas constantemente, establece relaciones entre temas que aparentemente no tienen conexión y disfruta explorando ideas nuevas incluso cuando no forman parte del currículo escolar.
El otro aprende con enorme rapidez aquello que se le enseña y obtiene excelentes resultados académicos, pero rara vez siente interés por profundizar más allá de lo que se le pide.
¿Quién de los dos tiene mayores capacidades?
La pregunta quizá esté mal planteada.
Lo interesante no es decidir cuál de ellos es "más inteligente", sino comprender que una misma capacidad intelectual puede expresarse de maneras muy diferentes.
Y precisamente ahí empiezan las limitaciones de cualquier evaluación basada exclusivamente en una puntuación.
La revisión científica recoge cómo, a lo largo de las últimas décadas, distintos modelos teóricos han ido incorporando dimensiones que antes apenas se tenían en cuenta: la creatividad, la motivación, el desarrollo evolutivo o la influencia del contexto. No porque sustituyan a la inteligencia, sino porque ayudan a comprender mejor cómo llega a manifestarse.
La importancia del contexto
Existe una idea profundamente arraigada en nuestra cultura. Pensamos que el talento es una propiedad de las personas... algo que simplemente está ahí. Como el color de los ojos o la estatura. Sin embargo, cada vez resulta más difícil sostener esa visión. El potencial intelectual siempre se desarrolla en un contexto.
Una misma persona puede desplegar capacidades extraordinarias en un entorno que estimule su curiosidad y, al mismo tiempo, pasar completamente desapercibida en otro donde esas capacidades nunca encuentren la oportunidad de expresarse.
Esto no significa que el entorno cree la inteligencia. Significa algo quizá más interesante: el entorno puede facilitar o dificultar que ese potencial llegue a convertirse en una realidad observable.
Por eso la revisión insiste en que la identificación de las altas capacidades no debería limitarse a interpretar una puntuación aislada. Comprender la trayectoria evolutiva de la persona, sus oportunidades de aprendizaje y la manera en que interactúa con su entorno aporta información que ningún test puede ofrecer por sí solo.
De medir capacidades a comprender personas
Mientras preparaba este capítulo volví varias veces sobre una idea que aparece de forma implícita a lo largo de toda la revisión: quizá durante muchos años hemos confundido dos preguntas distintas.
La primera es perfectamente legítima:
¿Qué capacidad intelectual tiene esta persona?
La segunda es mucho más ambiciosa:
¿Cómo funciona intelectualmente esta persona?
La diferencia puede parecer sutil, pero cambia completamente la evaluación.
La primera busca una cifra. La segunda intenta comprender un perfil.
Y un perfil incluye fortalezas, dificultades, formas de aprender, intereses, ritmo de desarrollo, influencia del entorno y muchas otras variables que no caben dentro de una única puntuación.
Eso explica por qué cada vez más investigadores defienden evaluaciones multidimensionales. No porque los test de inteligencia hayan dejado de ser útiles, sino porque la realidad que intentan describir resulta mucho más rica de lo que cualquier instrumento, por sí solo, puede captar.
Una ciencia que también cambia de preguntas
Hay una imagen que suele acompañar a la investigación científica. Imaginamos que el conocimiento avanza encontrando respuestas, cuando en realidad, muchas veces progresa formulando preguntas mejores.
Durante décadas la investigación sobre las altas capacidades dedicó enormes esfuerzos a perfeccionar las herramientas de medida, trabajo que fue imprescindible. Gracias a él hoy disponemos de instrumentos extraordinariamente sólidos. Pero una vez construido ese conocimiento comenzó a emerger otra cuestión.
Si dos personas obtienen la misma puntuación en un test...
¿Por qué sus trayectorias vitales pueden ser tan distintas?
¿Por qué algunas desarrollan plenamente su potencial mientras otras no llegan nunca a encontrar un entorno donde este pueda expresarse?
¿Por qué algunas destacan por su creatividad, otras por su capacidad analítica y otras por formas de razonamiento difíciles de describir mediante una única medida?
Responder a estas preguntas exige mirar más allá de la psicometría. Y es precisamente ahí donde entra en escena un campo que, hace apenas unas décadas, apenas comenzaba a ofrecer sus primeras respuestas: la neurociencia.
Porque si comprender a una persona implica entender mucho más que el resultado de un test... resulta inevitable preguntarse qué puede enseñarnos el órgano del que, en última instancia, emergen todas nuestras capacidades cognitivas.
Y esa es la pregunta con la que nos adentraremos en el siguiente capítulo.
Capítulo III. El cerebro no explica por sí solo la inteligencia, pero tampoco podemos comprenderla sin él
Hubo un tiempo en que estudiar el cerebro de una persona viva pertenecía casi al terreno de la imaginación. Durante siglos, el conocimiento sobre el sistema nervioso dependió principalmente de la observación clínica o del estudio anatómico tras la muerte. Sabíamos que el cerebro era el órgano donde residían nuestras capacidades cognitivas, pero apenas podíamos asomarnos a su funcionamiento.
La llegada de las técnicas modernas de neuroimagen cambió por completo ese panorama. Por primera vez fue posible observar cómo distintas regiones cerebrales se activaban mientras una persona resolvía un problema matemático, recordaba una experiencia, leía un texto o tomaba una decisión. No era solo una mejora tecnológica. Era una nueva forma de hacer preguntas.
Y, como suele ocurrir en ciencia, cuando aparecen nuevas herramientas también aparecen nuevas hipótesis. Si las altas capacidades representan una forma particular de funcionamiento cognitivo...
¿Podrían reflejarse también en la organización o en el funcionamiento del cerebro?
Durante los últimos veinte años, numerosos equipos de investigación han intentado responder a esa cuestión. La revisión científica que sirve de base para este ensayo reúne buena parte de esos trabajos y muestra una imagen tan interesante como alejada de los titulares simplistas que a veces aparecen en los medios de comunicación. Porque sí, existen diferencias, pero probablemente no sean las que muchas personas imaginan.
La tentación de buscar una respuesta sencilla
La historia de la ciencia está llena de ejemplos parecidos en los que, cuando descubrimos una nueva herramienta, solemos esperar que nos proporcione respuestas claras y definitivas. Durante un tiempo ocurrió algo parecido con la neuroimagen. Muchos investigadores pensaban que, si las personas con altas capacidades mostraban un rendimiento cognitivo excepcional, quizá bastaría con observar su cerebro para encontrar el motivo.
Tal vez una región especialmente desarrollada...
Quizá un mayor volumen cerebral.
O alguna característica anatómica que actuara como una especie de firma biológica de la inteligencia.
Era una hipótesis razonable, pero la realidad volvió a demostrar que el cerebro humano rara vez se ajusta a explicaciones tan simples.
Los estudios comenzaron a acumular resultados. Y cuanto mayor era el número de investigaciones, más evidente resultaba que no existía un único patrón capaz de describir a todas las personas con altas capacidades. Curiosamente, esa aparente ausencia de una respuesta definitiva terminó convirtiéndose en uno de los hallazgos más importantes.
Porque obligó a cambiar, una vez más, la pregunta.
Del tamaño del cerebro a la forma en que trabaja
Durante muchos años existió una fascinación casi inevitable por el tamaño del cerebro. Era una idea intuitiva. Si un ordenador más potente suele disponer de más recursos, quizá un cerebro mayor también pudiera explicar un funcionamiento intelectual más complejo.
Hoy sabemos que la realidad es bastante menos directa. Algunos estudios han encontrado relaciones modestas entre determinadas medidas anatómicas y el rendimiento intelectual. Pero esas asociaciones, aunque reales, están muy lejos de explicar por sí solas la enorme diversidad que observamos entre las personas.
La investigación comenzó entonces a desplazarse hacia otro lugar: tal vez la cuestión no consistía en cuánto cerebro tenemos. Sino en cómo trabaja.
Esta idea puede parecer sencilla, pero representa uno de los grandes cambios de la neurociencia moderna. El cerebro no funciona como un conjunto de piezas aisladas, lo hace como una inmensa red de regiones que cooperan constantemente entre sí. Pensar, recordar, imaginar o resolver un problema no depende de un único punto del cerebro, sino del diálogo continuo entre múltiples sistemas distribuidos por toda su estructura. Y precisamente ahí comenzaron a aparecer algunos de los resultados más interesantes.
La inteligencia también depende de las conexiones
Imaginemos por un momento una gran orquesta. Sería un error intentar comprender una sinfonía estudiando únicamente el violín principal. Podríamos conocer perfectamente ese instrumento y, aun así, seguir sin entender cómo surge la música. La armonía aparece cuando todos los músicos comienzan a tocar juntos. Con el cerebro ocurre algo parecido.
Cada vez más investigaciones sugieren que una parte importante de nuestras capacidades cognitivas depende de la forma en que distintas regiones intercambian información. No se trata simplemente de qué áreas participan en una tarea determinada, también importa cómo se coordinan, con qué eficiencia se comunican y qué redes se activan simultáneamente.
La revisión recoge numerosos estudios que analizan precisamente estas diferencias de conectividad funcional y estructural. Aunque los resultados no siempre coinciden entre sí, en conjunto apuntan hacia una idea común: las altas capacidades parecen asociarse, en promedio, a determinadas formas de organización cerebral más que a una única característica anatómica concreta.
Este matiz es importante, porque cambia completamente la imagen que solemos tener de la inteligencia. Ya no pensamos en un cerebro "más desarrollado", empezamos a pensar en un cerebro que, en determinadas circunstancias, organiza de forma especialmente eficiente la información.
La hipótesis de la eficiencia neural
Uno de los conceptos que aparece con más frecuencia en este ámbito de investigación es el de eficiencia neural. Aunque el término pueda sonar técnico, la idea resulta sorprendentemente intuitiva.
Pensemos en dos personas resolviendo exactamente el mismo rompecabezas. Ambas llegan a la solución correcta. Sin embargo, una necesita recorrer muchos caminos antes de encontrar la respuesta, mientras que la otra parece identificar rápidamente la estrategia adecuada.
El resultado final es idéntico, el proceso no.
Algo parecido sugieren algunos estudios sobre funcionamiento cerebral. En determinadas tareas cognitivas, algunas personas parecen utilizar sus recursos neuronales de una forma especialmente eficiente, activando determinadas redes con menor coste funcional que otras. No significa que su cerebro "trabaje menos", significa que, en ciertos contextos, podría necesitar menos esfuerzo para alcanzar un rendimiento equivalente o incluso superior.
La revisión menciona esta hipótesis, pero también insiste en algo que merece destacarse: no todos los estudios encuentran exactamente los mismos resultados. Ni todas las tareas producen el mismo patrón de actividad cerebral. Ni todas las personas con altas capacidades responden de la misma manera.
Y esa prudencia es, precisamente, una de las mayores fortalezas del artículo científico.
La ciencia también necesita aprender a decir "todavía no lo sabemos".
Existe una cierta tendencia a imaginar la investigación como un camino que avanza acumulando certezas, cuando la realidad suele ser bastante más humilde. En ocasiones, el mayor avance consiste simplemente en comprender mejor cuáles son los límites de nuestro conocimiento.
La revisión dedica varias páginas a analizar las dificultades que todavía presenta este campo de investigación. Algunos estudios trabajan con muestras relativamente pequeñas. Otros utilizan criterios distintos para identificar a las personas con altas capacidades. Las propias técnicas de neuroimagen continúan evolucionando y ofrecen resultados que todavía necesitan replicarse en investigaciones independientes.
Todo ello obliga a interpretar los hallazgos con cautela, no porque sean poco fiables, sino porque el cerebro humano es, probablemente, el sistema más complejo que conocemos. Sería ingenuo esperar respuestas simples, y, sin embargo, esa complejidad no debería desanimarnos Más bien al contrario, nos recuerda que comprender una persona nunca será tan sencillo como observar una imagen obtenida mediante una resonancia magnética.
Comprender el cerebro... para comprender mejor a las personas
Quizá este sea el momento más importante de todo el ensayo. Porque aquí aparece una idea que, en mi opinión, atraviesa silenciosamente toda la revisión científica.
La neurociencia no pretende sustituir a la psicología.
Ni la psicología reemplaza a la educación.
Ni la educación hace innecesaria la observación clínica.
Cada una ilumina una parte distinta del mismo fenómeno.
Durante mucho tiempo buscamos comprender las altas capacidades únicamente a través del comportamiento observable, ahora también comenzamos a comprender algunos de los procesos cerebrales que podrían contribuir a ese funcionamiento. No son perspectivas enfrentadas, son perspectivas complementarias. Y quizá esa sea la enseñanza más valiosa de este nuevo paradigma.
Conocer mejor el cerebro nunca debería servir para reducir a una persona a un conjunto de imágenes o de conexiones neuronales. Debería servir justamente para lo contrario, para recordar que detrás de cada patrón cerebral existe una trayectoria vital irrepetible, una forma única de aprender, de pensar y de relacionarse con el mundo. Porque el cerebro puede ayudarnos a entender cómo ocurre algo, pero sigue siendo la persona quien da sentido a por qué ese potencial termina expresándose de una manera y no de otra.
Y esa idea nos conduce, casi de forma inevitable, al último capítulo. Porque si cada trayectoria es única... también es posible que el talento y las dificultades no siempre recorran caminos separados. A veces, ambos forman parte de una misma historia.
Y es precisamente ahí donde aparece uno de los conceptos que más ha transformado nuestra forma de entender las altas capacidades en los últimos años: la doble excepcionalidad.
Capítulo IV. Cuando comprender a la persona importa más que clasificarla
Hay una imagen que ha acompañado durante mucho tiempo a las altas capacidades: la de una persona que aprende con facilidad, obtiene excelentes resultados académicos y destaca claramente sobre quienes la rodean. Es una imagen familiar y, en muchos casos, también es cierta. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad no se parece a esa imagen? ¿Qué sucede cuando una persona posee un potencial intelectual extraordinario y, al mismo tiempo, encuentra enormes dificultades para desenvolverse en otros aspectos de su vida?
Durante mucho tiempo estas situaciones fueron consideradas excepcionales. Hoy sabemos que probablemente no lo sean tanto.
La revisión científica dedica una atención especial a un concepto que ha ido adquiriendo cada vez más relevancia en los últimos años: la doble excepcionalidad (twice-exceptionality). Con este término se hace referencia a aquellas personas que presentan altas capacidades y, simultáneamente, alguna condición del neurodesarrollo o un trastorno específico del aprendizaje, como el autismo, el TDAH o la dislexia. Los autores señalan que esta combinación plantea importantes retos para la identificación y la evaluación, precisamente porque unas características pueden ocultar a las otras.
No se trata de una categoría nueva, se trata de una nueva manera de mirar. Y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece.
Cuando las fortalezas esconden las dificultades
Imaginemos a un niño que comprende con enorme facilidad conceptos matemáticos muy por encima de lo esperado para su edad. Sin embargo, le resulta extremadamente difícil mantener la atención durante las clases, organizar sus tareas o terminar los trabajos que empieza. Sus profesores reconocen que es brillante, también que es distraído. Durante años, ambas observaciones parecen convivir sin demasiados problemas, hasta que alguien se plantea una pregunta distinta.
¿Y si esas dificultades no fueran simples rasgos de personalidad?
Ahora imaginemos el caso contrario. Una niña posee una extraordinaria capacidad para razonar, formular preguntas complejas y aprender de forma autónoma. Pero leer le supone un esfuerzo enorme. Comete errores persistentes, necesita mucho más tiempo que sus compañeros y acaba evitando cualquier actividad relacionada con la lectura. Con frecuencia, la atención termina centrándose únicamente en esas dificultades. Su potencial intelectual queda oculto.
Los ejemplos son distintos, el fenómeno es el mismo: una parte del perfil termina eclipsando a la otra.
Y ese es, precisamente, uno de los principales desafíos que destaca la revisión. Las altas capacidades pueden compensar parcialmente algunas dificultades. Las dificultades, a su vez, pueden hacer que las altas capacidades pasen desapercibidas. Cuando esto ocurre, ninguna de las dos realidades llega a comprenderse plenamente.
Las personas no caben dentro de una etiqueta
Durante buena parte del siglo pasado desarrollamos una cierta tendencia a ordenar la realidad mediante categorías: Autismo, TDAH, Dislexia, Altas capacidades... Aquellas clasificaciones han sido extraordinariamente útiles, han permitido investigar, diseñar apoyos, compartir conocimiento y mejorar la atención de millones de personas. Pero toda clasificación tiene un límite, las personas reales rara vez se parecen por completo a las categorías con las que intentamos describirlas.
La revisión científica no propone abandonar los diagnósticos, propone algo mucho más razonable, recordarnos que ninguna etiqueta puede sustituir a la comprensión individual de una persona. Quizá esta sea una de las ideas más valiosas que atraviesan todo el artículo. La investigación ha ido sofisticando sus herramientas, ha perfeccionado los test, ha incorporado la neurociencia, ha desarrollado modelos cada vez más complejos, y sin embargo, cuanto más aprendemos, más evidente resulta que cada trayectoria humana sigue siendo única.
La evaluación también está cambiando
Aceptar esta diversidad tiene consecuencias muy prácticas. Durante muchos años la evaluación de las altas capacidades se centró principalmente en responder una pregunta.
¿Presenta esta persona un nivel de inteligencia suficientemente elevado?
Hoy esa pregunta continúa siendo importante, pero ya no parece suficiente.
La revisión defiende la necesidad de realizar evaluaciones multidimensionales que integren distintas fuentes de información: las pruebas psicométricas, la historia evolutiva, el contexto educativo, la observación clínica y, cuando sea necesario, la valoración de posibles condiciones asociadas. No se trata de complicar innecesariamente los procesos de evaluación, se trata de evitar que una visión excesivamente reducida termine dejando sin respuesta preguntas importantes.
Porque comprender a una persona nunca ha consistido únicamente en obtener datos, consiste en interpretar esos datos dentro de una historia. Y ninguna historia puede resumirse en una única cifra.
Lo que realmente cambia esta revisión
Llegados a este punto, resulta tentador preguntarse cuál es la principal conclusión del artículo científico.
Podríamos responder diciendo que las altas capacidades constituyen un fenómeno complejo.
Que el cociente intelectual sigue siendo útil, pero no suficiente.
Que la neurociencia está ampliando nuestro conocimiento sobre el cerebro.
O que la doble excepcionalidad exige modelos de evaluación más completos.
Todas esas afirmaciones serían correctas, pero creo que existe una idea todavía más profunda que conecta todas las anteriores.
Durante décadas intentamos comprender las altas capacidades buscando una definición cada vez más precisa, la revisión propone un cambio de perspectiva. Quizá el objetivo no consista únicamente en definir mejor las altas capacidades. Quizá consista, sobre todo, en comprender mejor la diversidad con la que puede manifestarse el potencial humano.
Ese cambio parece pequeño, cuando en realidad, transforma toda la conversación. Ya no hablamos únicamente de identificar a quienes obtienen una determinada puntuación. Empezamos a preguntarnos cómo aprenden las personas, cómo se desarrolla su talento, qué papel desempeña el entorno, cómo interactúan sus fortalezas con sus dificultades y de qué manera puede favorecerse que cada individuo alcance su propio potencial.
En ese sentido, la revisión no sustituye un modelo por otro, hace algo mucho más interesante, invita a integrarlos.
Epílogo
La ciencia avanza cuando aprende a formular mejores preguntas
Existe una idea que ha acompañado silenciosamente todo este ensayo. Al principio nos preguntábamos qué eran las altas capacidades. Después descubrimos que la respuesta dependía, en parte, de cómo entendemos la inteligencia. Más tarde vimos que ningún test puede abarcar toda la complejidad del funcionamiento humano y que la neurociencia, lejos de ofrecer respuestas definitivas, ha ampliado todavía más el horizonte de preguntas. Finalmente comprendimos que una persona puede desarrollar un enorme potencial intelectual y, al mismo tiempo, necesitar apoyos en otros ámbitos de su vida. Quizá ese recorrido nos deja una enseñanza que va mucho más allá de las altas capacidades.
Como ya expresamos, durante mucho tiempo imaginamos que el progreso científico consistía en encontrar respuestas, pero, en ocasiones, el verdadero avance ocurre cuando aprendemos a formular preguntas mejores. La revisión científica que ha inspirado este ensayo representa, en mi opinión, uno de esos momentos. No porque cierre el debate, sino porque lo hace más interesante. Nos recuerda que la inteligencia no puede entenderse únicamente como una puntuación, del mismo modo que una persona no puede comprenderse únicamente a través de un diagnóstico o de una imagen cerebral.
Comprender el potencial humano exige integrar perspectivas distintas:
La psicometría aporta herramientas rigurosas para evaluar determinadas capacidades.
La neurociencia ayuda a explorar algunos de los mecanismos cerebrales implicados.
La psicología del desarrollo permite entender cómo evolucionan esas capacidades a lo largo del tiempo.
Y el contexto educativo y social nos recuerda que ningún talento florece en el vacío.
Ninguna de estas miradas basta por sí sola. Juntas, en cambio, dibujan una imagen mucho más rica y mucho más cercana a la realidad que intentan explicar. Esa integración de perspectivas es, precisamente, la principal propuesta de la revisión científica en la que se basa este ensayo.
Mientras leía el artículo original hubo una sensación que no dejó de acompañarme.
Cada nueva respuesta parecía abrir una pregunta todavía más interesante, quizá esa sea una buena noticia. Porque significa que seguimos aprendiendo, que nuestra comprensión de las altas capacidades continúa evolucionando, y que, cuanto más avanza la ciencia, menos nos invita a clasificar a las personas y más nos anima a comprenderlas.
Hay una frase que resume, para mí, todo el recorrido de estas páginas:
Cada vez que la ciencia ha intentado simplificar la inteligencia, la realidad ha respondido mostrándose todavía más compleja.
Lejos de ser un problema, esa complejidad constituye una invitación. A mirar con más atención. A escuchar con más calma.
Y a recordar que detrás de cada concepto, cada diagnóstico y cada modelo teórico existe siempre algo que ninguna definición consigue abarcar por completo:
una persona.
Enlace a artículo de revisión crítica original: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC13099527/Reuwsaat, K., Poltronieri, B., Panizzutti, R., & Velasques, B. (2026). Giftedness: A critical analysis of theories and identification methods in light of contemporary neuroscience. International Journal of Developmental Neuroscience, 86(2), e70126.